Algún tiempo atrás trabajaba como vendedor en una panadería de más nombre que realidad, pero de todos modos muy reconocida por su orgullosa clientela que en los últimos años se había venido a menos. De los treinta vendedores que se paseaban en las tardes llenando sus triciclos quedaban sólo ocho y el aullido fuerte de las dos perras Doberman se convirtió en el susurro frágil de la vejez.
La primera semana fui instruido en las tareas básicas: sacar las latas del dispensario, cómo coger el pan de queso caliente sin partirlo, la forma correcta de organizar los pastelitos, embolar las piñitas, sellar el pan de perro y limpiar con el cuchillo multiuso las quemaduras del tajado. Orlando Martínez más conocido como Orlis, quien me enseñaría la ruta, fue bastante práctico con la advertencia de que yo pillo las piñitas y tú está pendiente del Pan de queso y no lo toques caliente. No me lo dijo porque le preocupara en absoluto la integridad de mi mano, sino porque con solo puntear un pan caliente se desinflaba como un globo.
Orlando Lara es un tipo sencillo y práctico, de contextura delgada, con gestos pacientes y mirada perdida. Entró a trabajar hace varios años, fue despedido tres veces por la misma causa, y traído se vuelta a petición de los clientes. Era recordado por Karina, la secretaria del negocio, por sus reiteradas propuestas de que vamos a tomarnos una cervecitas el viernes, y sus predecibles piropos que lanzaba de rutina a cualquier mujer que pasaba, a mí me gustan todas, decía sonriendo.
Los primeros días Orlando manejaba el triciclo y yo lo escoltaba en una bicicleta sin frenos. Me presentó todos los clientes con la aclaración de que no es que me vaya de nuevo, sino que vamos a dividir la ruta, como antes, en los tiempos del los treinta vendedores y las dos perras de ladrido fuerte. Recorrimos el Bosque, que era donde estaba la panadería, atravesamos Martínez Martelo, Cruzamos la avenida del Lago en contravía, varias calles del barrio Chino y concluíamos en el Pie de la popa, donde estaban la mayoría de clientes.
Apenas entrábamos ocurrían cambios sustanciales, prácticamente hacíamos toda la ruta a pie, le pegábamos con más fuerza los palazos al triciclo para que nadie se quede sin saber que ya estamos aquí y los precios de los pastelitos, los rollos, el pan tajado, los perros y hamburguesas, subían por arte del interés de ganar unos cinco mil pesos adicionales de ganancia. Para entonces, en los terrenos que antecedían el semáforo construían algo grande, Orlando lo describió como el sitio a donde se trasladarían sus citas de amor introductorio los domingos.
Eran como diez calles a pie y parte de trayecto en plena carretera donde había clientes potenciales. La señora Magola era la primera que visitábamos, lo de siempre: un aliñado y dos francés. El tercer día que fuimos le reclamó a Orlando porque supuestamente el francés que me diste ayer estaba viejo. Orlando se defendía atacando, simuló indignación por el hecho y con una explicación didáctica la convenció que jamás le daba panes viejos, no porque le hicieran falta, sino porque él sabía a quién dárselos. Cuando quedamos solos dijo que a los clientes fieles nunca se les da los panes viejos, después se cabrean de uno y no le compran más.
Todos los días sacábamos un pedido de ochenta mil pesos que se traducía en dos latas de piñitas, una y media de pan de queso, diez pastelitos de cada uno: bocadillo, queso y arequipe, diez panochas, panes de perro y hamburguesas, cuatro tajados, los panes de queso y bocadillo y a veces sacábamos cositas de más. La dinámica del negocio es simple, vender el pan a un precio considerable para pagar los ochenta del pedido, el parqueo del triciclo en la noche, abonar algo de lo que se debe, Y por su puesto las ganancias diarias.
Estaba de vacaciones de mitad de año, el trabajo me fue ofrecido sin competencia alguna y con la seguridad de que uno se acostumbra rápido. Yo estaba poco emocionado al inicio pero no me desagradaba la labor, me pareció divertido, Orlis tenía el don de simplificar cualquier problema con explicaciones simples y convincentes, el trabajo tenía altas dosis de libertad y el miedo a ser arrollado por una mula en el corredor de carga o chocar de frente con una buseta en la Avenida del lago se fueron convirtiendo en diversión y hasta en reto, una vez crucé la última con una aromática en la mano, sin detenerme nunca y esquivando toda la basura que normalmente posee.
Mi debut con el triciclo fue memorable, Orlando me alagaba repitiendo que tú aprendes rápido nojoda, recorrí dos calles demasiado confiado, la euforia era tal que cuando cogí la curva de la esquina el triciclo se inclinó por la rapidez y la postura inadecuada del cuerpo, caí y no me hubiese pasado nada si el pantalón no se hubiera atorado en la cadena, caí encima del triciclo y me corté e la rodilla. No fue grave ni si quiera se partió el vidrio de la vitrina.
Me tomé confianza, cada vez maniobraba con más propiedad el vehículo y aprendí cómo saber cuando alguien viene a comprar a la distancia, qué días del mes se vende el pan más rápido, cómo vender las piñitas negando monedas de doscientos y hasta me hice experto en el enamoramiento de trabajadoras de servicio en el pie de la popa y vendedoras de minutos en el barro chino. La tarde se pasaba rápido y de vuelta comíamos en un restaurante barato, Orlando cambiaba la comida por un pan de hamburguesa, yo pagaba, aunque no mucho.
Un viernes en la noche charlábamos en una esquina transcurrida del pie de la popa, justo en ese momento entendí el porqué de tantas llamadas de Orlando durante toda la tarde, y la noche y tal vez todo el día, y por qué tantos gestos y tanta caminata cuando hablaba, por qué le brillaban los ojos y agachaba la mirada cuando lo contestaban: estaba enamorado, no había dudas y procedió a confesármelo con el didactismo propio de sus explicaciones. Salía desde hacía tres meses con Laura, una muchacha de contextura delgada que le llamaban la virgen de los mototaxis, por sus reiterados romances con integrantes del gremio, de este dato por su puesto no me enteré por Orlando sino por otro vendedor.
Se acomodó en el pretil, levantó la cabeza, renovó el aire y me explicó cómo la conquistó, estaba tomando en una parranda y tenía todo listo para conquistar, no a Laura, esto se le ocurrió más tarde sino a una conocida casada con un comerciante paisa. La cogí a bailar y empecé a endulzarle el oído, de que tú me gustas mucho, quién sabe dónde está tu marido, estás muy buena para él. Cualquier artimaña para lograr el cometido. Me puse bien romántico y detallista con ella y sus amigas. Le compré gaseosa, chitos, la acompañé al baño. De todo, pero no aflojaba ni cinco. Entonces Laura que me la habían presentado esa noche, en vista de mis demostraciones de gran caballero, pide que la acompañe a llamar a una hermana. No pude negarme.
Orlando pensaba en estrategias para tener éxito en su meta, se le da por preguntar a Laura cómo hacer para conquistar una mujer difícil, ella le confiesa que por su forma de ser a él no le debe resultar difícil conseguir ninguna. Cambié los planes enseguida, me cambié de puesto y se me olvidó por quién vine a la fiesta, me di cuenta que mis actos de buen hombre no fueron un fracaso como estaba por creer, sino que quien los estaba entendiendo era Laura y no su amiga. Le dije que la había visto antes y siempre me había gustado y que incluso le había preguntado a varias personas por ella. Cayó enseguida.
También era comprometida y tenía una niña, que me quiere más a mí que al padrasto decía con orgullo. Vendía los panes penando en ella, la pensaba para trabajar y trabajaba para verla a cualquier descuido del marido. Yo estoy seguro que me quiere más que a él. También era mototaxi, igual que el papá de la niña, tal vez por eso Orlis tenía cierta prevención con las motos en la vía, refería incidentes exagerando las irresponsabilidades de todo el gremio.
El trabajo terminó por gustarme, me gustaba porque me sentía libre en la vía, pero sobre todo porque podía hablar con cualquiera sobre lo que sea y era como un recolector de historias en toda la ruta, conocía por ejemplo que la vendedora de fritos de la esquina se había autoproclamado con las mejores arepas de huevo del sector, o que Jesús Amador, el vigilante de un edificio con tres clientes potenciales, había sido boxeador, yo gané cuatro peleas consecutivas, perdí una y por esa me retiré. El mismo Jesús recordaba los tiempos de los treinta vendedores y las dos perras de fuerte aullido, por aquí había tres vendedores y quedó solo el mujeriego de Orlis y ahora tú.
La construcción que Orlando preveía en el lugar propicio para enamorar, terminó siendo un enemigo letal para nosotros. Nojodas, en Carrefour venden un pan del porte del brazo a setecientos pesos se quejaba Orlis a cada rato. Las ventas bajaron y se perdieron clientes. Tocó inventar versiones de la mala calidad del pan de la competencia y exagerar las bondades del nuestro, que la piñita de ellos duraba hasta una semana en la vitrina, que queso de nuestro pan es el más fresco que puede utilizar una panadería, que el francés de ellos olía a detergente, que el integral nuestro tenía propiedades antioxidantes, en fin todo un compendio de recitales que se hacían mecánicos con los días.
A Orlando lo dejó Laura por un mototaxi, él fue práctico de nuevo diciendo que no me importa ya hasta estaba aburrido, a los dos días me confesó haber encontrado la mujer con el nombre más bonito que había escuchado. No es tan bonita explicó, pero tiene algo que me enamora, siempre lo hacía, era experto resaltando cualquier característica de las mujeres para justificar sus incontrolables ímpetus de enamoradizo. No dejamos de vender ni siquiera compitiendo con todas las ofertas de Carrefour y las progresivas quejas de los clientes por el tamaño del pan de queso. Algún día dejan de vender tanto decía Orlando, así empezó la panadería también y llegó a tener treinta trabajadores y dos perras de gran ladrido, y mira quedamos nosotros, menos mal que somos guerreros.
ESTE BLOG PRETENDE ACERCAR AL LECTOR A LA REALIDAD DE LOS TRABAJADORES INFORMALES EN LA CIUDAD DE CARTAGENA.
domingo, 22 de agosto de 2010
MICRORRESISTENCIAS LABORALES
¿Por qué microrresistencias? Y ¿por qué escribir de esto?
Aquel día pasaba en una buseta de nuevo bosque, iba de visita romántica a terrenos lejanos, como acostumbraba desde los tiempos de los amores contrariados. Vi cómo un vendedor de naranja se cruzaba la vía con bastante soltura y se quedaba en medio sintiendo con tranquilidad que las busetas y los carros le pasaban muy cerca, para atender un cliente del otro lado. Pensé que definitivamente aquel tipo no temía ser arrollado por nadie, se tenía demasiada confianza. Desde allí siempre me detuve a observar los detalles inherentes a cada trabajo informal.
Me detuve entonces a palpar cómo los tinteros pueden caminar sin parar por horas y sin quejas, cómo los vendedores de toda clase de objetos en la avenida Venezuela pueden promocionar la mercancía con tanta propiedad y cómo los sparrings se tiran de las busetas en movimiento para captar los pasajeros como cardúmenes. Me parece que estos son ejemplos de la forma en que el espíritu se moldea para adaptarse al trabajo.
Entiendo todo esto en el sentido de microrresistencias basado en dos premisas. Primero que las sociedades de libre mercado favorecen la instalación progresiva de las grandes industrias, nacionales e internacionales y que tales empresas tienden a monopolizar los diferentes sectores. Y lo segundo es que la existencia de pequeños comerciantes, vendedores de pequeño capital y en general el informalismo hace parte de nuestra cotidianeidad y disimulan el problema del desempleo. Considerando lo anterior acepto que los trabajos informales van en contravía de las lógicas de grandes industrias y las hiperconcentraciones de capital.
¿Cómo el vendedor de naranjas, que atraviesa sin tapujos a centímetros de la muerte la carretera para vender, ha permanecido a pesar de grandes centros de compras? No me siento en capacidad de responder de manera clara esta pregunta, convergen muchas variables y el ser humano es una máquina demasiado compleja para ser tabulada. Me regocija la idea de poder entrar un poco en la realidad de los trabajadores informales, y tener la posibilidad de escribir sobre ellos.
Utilizaré el método descriptivo para abordar las características propias del trabajo, y el método hermenéutico para con los trabajadores, por sus características de interpretación y comprensión.
Razono imperioso escribir sobre ello, porque la mayoría de información que se nos brinda en los medios de comunicación es cifrada, y por tanto deshumaniza al sujeto, lo reduce a simples estadísticas. Pero también porque yo he sido trabajador informal, he sentido lo que es empezar a vender todos los días, con los recursos estrictamente útiles para ello y sin más garantía que la capacidad multiuso personal. Por este medio publicaré para que usted sepa, lo que los ojos muchas veces no ven. No porque tales realidades sean invisibles, sino que lo congelante de la monotonía envilece muchas veces nuestra capacidad perceptiva.
Aquel día pasaba en una buseta de nuevo bosque, iba de visita romántica a terrenos lejanos, como acostumbraba desde los tiempos de los amores contrariados. Vi cómo un vendedor de naranja se cruzaba la vía con bastante soltura y se quedaba en medio sintiendo con tranquilidad que las busetas y los carros le pasaban muy cerca, para atender un cliente del otro lado. Pensé que definitivamente aquel tipo no temía ser arrollado por nadie, se tenía demasiada confianza. Desde allí siempre me detuve a observar los detalles inherentes a cada trabajo informal.
Me detuve entonces a palpar cómo los tinteros pueden caminar sin parar por horas y sin quejas, cómo los vendedores de toda clase de objetos en la avenida Venezuela pueden promocionar la mercancía con tanta propiedad y cómo los sparrings se tiran de las busetas en movimiento para captar los pasajeros como cardúmenes. Me parece que estos son ejemplos de la forma en que el espíritu se moldea para adaptarse al trabajo.
Entiendo todo esto en el sentido de microrresistencias basado en dos premisas. Primero que las sociedades de libre mercado favorecen la instalación progresiva de las grandes industrias, nacionales e internacionales y que tales empresas tienden a monopolizar los diferentes sectores. Y lo segundo es que la existencia de pequeños comerciantes, vendedores de pequeño capital y en general el informalismo hace parte de nuestra cotidianeidad y disimulan el problema del desempleo. Considerando lo anterior acepto que los trabajos informales van en contravía de las lógicas de grandes industrias y las hiperconcentraciones de capital.
¿Cómo el vendedor de naranjas, que atraviesa sin tapujos a centímetros de la muerte la carretera para vender, ha permanecido a pesar de grandes centros de compras? No me siento en capacidad de responder de manera clara esta pregunta, convergen muchas variables y el ser humano es una máquina demasiado compleja para ser tabulada. Me regocija la idea de poder entrar un poco en la realidad de los trabajadores informales, y tener la posibilidad de escribir sobre ellos.
Utilizaré el método descriptivo para abordar las características propias del trabajo, y el método hermenéutico para con los trabajadores, por sus características de interpretación y comprensión.
Razono imperioso escribir sobre ello, porque la mayoría de información que se nos brinda en los medios de comunicación es cifrada, y por tanto deshumaniza al sujeto, lo reduce a simples estadísticas. Pero también porque yo he sido trabajador informal, he sentido lo que es empezar a vender todos los días, con los recursos estrictamente útiles para ello y sin más garantía que la capacidad multiuso personal. Por este medio publicaré para que usted sepa, lo que los ojos muchas veces no ven. No porque tales realidades sean invisibles, sino que lo congelante de la monotonía envilece muchas veces nuestra capacidad perceptiva.
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