María Eugenia trabajó cuatro años como empacadora en una reconocida exportadora de plátanos de la ciudad. El trabajo era arduo y a agobiante pero nunca tedioso. “Cuando uno trabaja no se aburre, es todo lo contrario cuando uno se despierta y mira el techo sin saber qué va a hacer para buscar la platica” asegura en la engañosa tranquilidad de sus cuarenta y cinco años, y es que, como ella misma asegura yo no nací para estar quieta.
El trabajo como empacadora se lo consiguió su mejor amiga del colegio: Paola Sandoval, se habían dejado de ver tres años después de la parranda de grado y la sorprendió con la noticia de que vivía en Manga y ya tenía dos hijos. Paola se casó con un comerciante de partes para moto que en los últimos años se había venido a más por el auge del mototaxismo. El negocio creció de Tal forma que de la venta de partes se pasó a la venta de motos enteras y además contaban con un capacitado cuerpo de mecánicos sacados de todos los rincones de la ciudad.
Se encontraron en el baño de un centro comercial, el lugar propicio para un revelador encuentro entre dos mujeres. “Pero tú si has cambiado carajo” le dijo Paola, la conversación se extendió casi por dos horas. María conoció por menores del romance iniciado por Paola y sus dos hijo, y la relación con el tipo, y la el apartamento, y el carro del marido, y la ropa para el niño que acababa de comprar, en fin, se habló de tantas cosas que concluido el encuentro sintieron no haberse separado un instante.
Al despedirse Paola se comprometió en hablar con un amigo de su marido que a su vez era enamorado de ella, para que María fuese a trabajar como secretaria en una exportadora de frutas. A los tres días una llamad telefónica convenció María de que sus tiempos de búsqueda desmesura de trabajo habían terminado.
Trabajó sin inconveniente alguno, se acostumbró a las condiciones inhumanas de frío extremo en el cuarto de empaca, sus mano adquirieron bastante agilidad y era reconocida por sus muy relaciones personas con todos sus compañeros y hasta con el jefe, que entre otras cosas la había invitado a salir en reiteradas ocasiones. Sus encuentros con Paola e volvieron reiterativos, María asistía como forma agradecimiento por el favor recibido mientras que para Paola las reuniones eran el momento preciso para el desahogo de su conciencia. Que le robé tanto a mi marido, que tengo dos relaciones amorosas por Messenger y hasta que tenía serias dudas acerca del padre de su tercer hijo.
A los tres años de trabajo las cosas empezaron a cambiar sustancialmente, la empresa atravesaba serias reformas administrativas, hubo recorte de personal y a los que quedaban como María literalmente los masacraban exigiendo que cumplieran con su labor y con la de los que ya no estaban en el menor tiempo posible. El nuevo Jefe, gritaba sin compasión y siempre estaba inconforme aunque se hiciera exactamente lo que pedía. Era un tipo de personalidad seca, grosero y machista, nunca aceptaba una interrupción mientras hablaba y parecía poseer el monopolio de la razón.
María fue despida por empacar unos plátanos húmedos, aunque semanas antes habían despedido a dos de sus compañeras por haberlos empacados muy secos. Su salida no fue tan dolorosa pues en el fondo lo estaba deseando como a nada.
Desde entonces no aceptó más trabajar en una empresa se dedicó a la venta de cualquier producto o servicio de manera independiente. Hoy tiene una venta de comidas rápidas en donde vende a diario junto a su hija de 12 años fruto de una larga pero poco fructífera con un amigo que le presentó su amiga de siempre Paola Sandoval
MICRORESISTENCIAS LABORALES
ESTE BLOG PRETENDE ACERCAR AL LECTOR A LA REALIDAD DE LOS TRABAJADORES INFORMALES EN LA CIUDAD DE CARTAGENA.
lunes, 11 de octubre de 2010
sábado, 9 de octubre de 2010
Añoranzas de un remoto pasado: de la prosperidad del pueblo al embrujo de la economía
El Jeep estaba como nuevo, dos jornadas de reparación intensiva fueron suficientes para que diera la impresión de que volvía a ser el de hace tantos años. Estaba a punto de ser comprado después de tanto tiempo intentando venderlo. Su dueño don José Quiroga, un tipo corto de estatura, de hablar pausado y comerciante de vocación resumió en unas palabras los motivos para querer venderlo lo antes posible: en ese carro están pasando cosas raras.
El Jeep se lo regaló Arturo Monterrey, uno de sus primeros socios en la venta de ganado, en el momento en que supo que tenía cáncer de próstata y decidió dar un giro radical a su vida, o al menos a la forma de llevarla. De esta forma en vez de tomarse una botella de ron los viernes ahora se tomaban dos de Whiskey, en vez coquetear a las jovencitas del pueblo decidieron enamorar también las maduras y en vez de despilfarrar la mitad de lo ganado los fines de semana decidieron gastarse todo, incluso lo que habían ahorrado en sus cinco años de sociedad.
La familia de don José, como es nombrado en el pueblo, despertó cierto repudio hacia el vehículo desde la noche en que Marina Gonzales, su esposa, lo vio parqueado en la tienda y supuso que su esposo tomaba como de costumbre con su compinche, sintió pavor de ver el coche nuevamente en la peluquería como todos los viernes en la tarde, y sintió petrificarse cuando llegó a su casa y antes de encontrar a quien contar el inexplicable suceso lo volvió a ver parqueado en la acera de enfrente.
El repudio se acrecentó la mañana en que Julián Alonso, el hijo menor del matrimonio, vio el carro pasar de una esquina a la otra de la calle sin nadie dentro. Inicialmente se atribuyeron los hechos a las almas de camioneros muertos meses antes a manos desconocidas pero al final terminó por creerse que Arturo Monterrey cometió graves casos de pederastia en su interior. La versión del cura fue más sobrecogedora: el demonio quería intimidar la estabilidad económica de una familia tan generosa volviéndola contra aquel que tenía fama de transportar más bultos de papa que ningún otro Jeep, aquel que servía lo mismo para llevar los niños de la evangelización a los retiros que para las integraciones semestrales de los misioneros.
La decisión de la venta se tomó por unanimidad y con el lema de que es mejor no pelear con las fuerzas del más allá. El posible comprador venía desde San Antero por las extraordinarias recomendaciones bien pagadas por don José para salir rápido de esta pesadilla. Lo divisó en seguida, hacía tiempo que las únicas caras desconocidas eran las de los comerciantes que llegaban a proponer negocios, y hacía un tanto más que los únicos negocios que se proponía en el pueblo era de ventas y liquidaciones, don José asegura que a final de los años setenta las brujas vecinas hechizaron el pueblo por la envidia de sus prosperidad.
Cómo le va mi hermano lo estaba esperando, dijo de inmediato. Lo invitó a su casa, le dio desayuno, que le traigan más yuca, que si no quiere más chicharon, que si la avena se le acabó, todo con tal de ganarse la buena fe previa el momento de la negociación. El prospecto de comprador le refirió varias de las recomendaciones, aseguró que un muchacho bien parecido apostó su sueldo a un almuerzo que en el jeep contrabandeaban vacas, que un viejo bastante respetado habló toda una mañana de que al jeep no lo detenía ni el agua. Que un par de trabajadores de la huerta tal le dijeron que el jeep se hacía invisible ante los ojos de los paramilitares y la guerrilla cuando tenía retenes ilegales. De todo fue dicho, tal y como el mismo José pedía que lo referenciaran, que el comprador llegó con más curiosidad que deseos de comprar al pueblo que se había venido a menos, al parecer por el hechizo de brujas envidiosas.
Compadre este jeep le servía a todo el pueblo: a las tres de la mañana nos despertábamos para llevar lo que fuera a al mercado, hacíamos hasta cuatro viajes antes de las seis. Nunca se varó ni molestó por causa alguna. Lo de nosotros siempre ha sido el cultivo de arroz en las cinco hectáreas que mi tatarabuelo le robó a una de sus ocho mujeres, y la venta de reses vivas o muertas, enteras o por partes. Sin el carro jamás hubiéramos alcanzado tanto éxito, y es que el transporte efectivo es tan importante como buena alimentación del ganado. A los clientes les da tanta rabia que la mercancía llegue tarde como que esté poquita o con mal olor.
Nosotros estamos seguros de que todo el respeto que nos tiene la gente está asociado con esta belleza. Precisamente cuando don José elogiaba al carro y a su familia se prendió el pasa cintas. Le dieron ganas de correr carajo, ganas de llorar, pero no podía espantar la venta, quiso hablar pero se dio cuenta que no era capaz, el comprador lo miraba fijamente y entendió que debía hablar aunque no fuera capaz: lo que pasa es que hay un cable que está medio flojo así, que ese aparato se prende y se apaga. El encendido misterioso le causó tanto miedo como el disco que sonó: lluvia de verano de Diomedes Díaz, canción preferida del difunto Arturo Monterrey carajo.
El recuento histórico continuó, José explicó cómo la insurgencia favoreció el comercio pero amenazó al pueblo entero: de este lado del río nos compraban los paramilitares, de este otro lado nos compraba la guerrilla, era peligroso y arriesgado, pero lo hacíamos y celebrábamos en reuniones populares con inicio los sábados a los tres de la tarde y término indefinido. Las reses eran tan apetecidas que pronto se encontraron abasteciendo en gran manera a los dos lados del conflicto que azotaba la región.
Cuando nació mi hijo menor, las cosas no estaban bien. Las ventas bajaron por el ingreso quien sabe de dónde de reses a menor precio, la competencia estaba a punto de tumbarnos necesitábamos golpear o nos acababan. Entonces mi hermano Arturo Monterrey, que Dios tenga en su gloria me convenció de que juntos llevaríamos las reses hasta China. Buscamos otros clientes en varios mercados en donde no conocíamos a nadie. No fue fácil, teníamos que llevar a tal cliente tantos quilos a tal hora y a las dos horas cumplir otro compromiso a una distancia en la que normalmente uno se echa tres o cuatro horas; con el Jeep hacíamos todo eso mijo.
La noche del último parto de mi mujer estábamos tomando. Me fueron a buscar en el parquecito a las ocho y media con la noticia que mi mujer le estaba mentando la madre a todo el mundo del dolor. Salimos disparados para la casa y la llevamos hasta la clínica. Marina propuso Gregorio como nombre, yo quería que se le pusiera mi nombre refiere José. Arturo Monterrey nos evitó el desgaste de la discusión propuso Julián Alonso porque así se llamaba el más grande empresario de los llanos, lugar bastante conocido por él. Se llamó así con la esperanza de que fuera un tipo de negocios como su padre y como el tal llanero comerciante. Al inicio alcanzó a ilusionarnos porque mostró habilidades para la recolecta de todos los desperdicios del almuerzo, los amontonaba y los separaba con criterios que nunca logramos entender. Con el tiempo nos deshicimos de la idea, dejó la recolecta por el desorden desmesurado y en vez de ser como el llanero ávido para los asuntos de negocios se volvió parrandero y enamoradizo, al menos eso lo sacó de mí, con la única diferencia que la mujeres que le gustaban nunca lo sabían por su parte por el miedo incontrolable a ser rechazado.
Ese jeep fue una bendición, decía, sacó adelante nuestra sociedad y al pueblo pues gracias a nosotros estas tierras fueron ganado reconocimiento. Lléveselo con la garantía de que si le molesta algo me o tare y yo se lo arreglo y no le cobro un peso. La venta quedó aplazada para el día siguiente al comprador le entró una llamada de mujer desesperada y se fue sin pensarlo, con la excusa de que mañana vengo sin falta para cerrar el negocio. Nunca más volvió. Lo curioso es que la llamada entró justo después de que José pidiera ocho millones de pesos por el antiguo salvador del pueblo. Y eso que se lo ofrecí barato.
Ahora está pidiendo cinco y va a la baja, no ha vuelto a subirse desde que encontró cinco billetes mitad de veinte mitad cincuenta, que de todos modos no servían no eran ni lo uno ni lo otro. Los negocios están bien dejé de vender reses, las ventas cayeron, nos dedicamos de lleno al cultivo de arroz pero estamos sufriendo con estos inviernos sin precedentes en la región. Espera un comprador para el jeep, inolvidable obsequio de su compadre Arturo Monterrey que por cosas de la vida parece que nos estuviera diciendo algo con todo lo que ha pasado, hace tiempo que no aparece nada aunque se dice que en las noches todavía lo ven parqueado en el parque, en la barbería y en la acera de enfrente. Tal vez mi compadre esté aburrido donde esté y me está haciendo la invitación formal, ahora a mis 68 años me duele que cuando nos veamos de nuevo no podamos contar con el jeep para tratar de llevar carne a la China y por supuesto salir a tomar y mujerear por ahí.
El Jeep se lo regaló Arturo Monterrey, uno de sus primeros socios en la venta de ganado, en el momento en que supo que tenía cáncer de próstata y decidió dar un giro radical a su vida, o al menos a la forma de llevarla. De esta forma en vez de tomarse una botella de ron los viernes ahora se tomaban dos de Whiskey, en vez coquetear a las jovencitas del pueblo decidieron enamorar también las maduras y en vez de despilfarrar la mitad de lo ganado los fines de semana decidieron gastarse todo, incluso lo que habían ahorrado en sus cinco años de sociedad.
La familia de don José, como es nombrado en el pueblo, despertó cierto repudio hacia el vehículo desde la noche en que Marina Gonzales, su esposa, lo vio parqueado en la tienda y supuso que su esposo tomaba como de costumbre con su compinche, sintió pavor de ver el coche nuevamente en la peluquería como todos los viernes en la tarde, y sintió petrificarse cuando llegó a su casa y antes de encontrar a quien contar el inexplicable suceso lo volvió a ver parqueado en la acera de enfrente.
El repudio se acrecentó la mañana en que Julián Alonso, el hijo menor del matrimonio, vio el carro pasar de una esquina a la otra de la calle sin nadie dentro. Inicialmente se atribuyeron los hechos a las almas de camioneros muertos meses antes a manos desconocidas pero al final terminó por creerse que Arturo Monterrey cometió graves casos de pederastia en su interior. La versión del cura fue más sobrecogedora: el demonio quería intimidar la estabilidad económica de una familia tan generosa volviéndola contra aquel que tenía fama de transportar más bultos de papa que ningún otro Jeep, aquel que servía lo mismo para llevar los niños de la evangelización a los retiros que para las integraciones semestrales de los misioneros.
La decisión de la venta se tomó por unanimidad y con el lema de que es mejor no pelear con las fuerzas del más allá. El posible comprador venía desde San Antero por las extraordinarias recomendaciones bien pagadas por don José para salir rápido de esta pesadilla. Lo divisó en seguida, hacía tiempo que las únicas caras desconocidas eran las de los comerciantes que llegaban a proponer negocios, y hacía un tanto más que los únicos negocios que se proponía en el pueblo era de ventas y liquidaciones, don José asegura que a final de los años setenta las brujas vecinas hechizaron el pueblo por la envidia de sus prosperidad.
Cómo le va mi hermano lo estaba esperando, dijo de inmediato. Lo invitó a su casa, le dio desayuno, que le traigan más yuca, que si no quiere más chicharon, que si la avena se le acabó, todo con tal de ganarse la buena fe previa el momento de la negociación. El prospecto de comprador le refirió varias de las recomendaciones, aseguró que un muchacho bien parecido apostó su sueldo a un almuerzo que en el jeep contrabandeaban vacas, que un viejo bastante respetado habló toda una mañana de que al jeep no lo detenía ni el agua. Que un par de trabajadores de la huerta tal le dijeron que el jeep se hacía invisible ante los ojos de los paramilitares y la guerrilla cuando tenía retenes ilegales. De todo fue dicho, tal y como el mismo José pedía que lo referenciaran, que el comprador llegó con más curiosidad que deseos de comprar al pueblo que se había venido a menos, al parecer por el hechizo de brujas envidiosas.
Compadre este jeep le servía a todo el pueblo: a las tres de la mañana nos despertábamos para llevar lo que fuera a al mercado, hacíamos hasta cuatro viajes antes de las seis. Nunca se varó ni molestó por causa alguna. Lo de nosotros siempre ha sido el cultivo de arroz en las cinco hectáreas que mi tatarabuelo le robó a una de sus ocho mujeres, y la venta de reses vivas o muertas, enteras o por partes. Sin el carro jamás hubiéramos alcanzado tanto éxito, y es que el transporte efectivo es tan importante como buena alimentación del ganado. A los clientes les da tanta rabia que la mercancía llegue tarde como que esté poquita o con mal olor.
Nosotros estamos seguros de que todo el respeto que nos tiene la gente está asociado con esta belleza. Precisamente cuando don José elogiaba al carro y a su familia se prendió el pasa cintas. Le dieron ganas de correr carajo, ganas de llorar, pero no podía espantar la venta, quiso hablar pero se dio cuenta que no era capaz, el comprador lo miraba fijamente y entendió que debía hablar aunque no fuera capaz: lo que pasa es que hay un cable que está medio flojo así, que ese aparato se prende y se apaga. El encendido misterioso le causó tanto miedo como el disco que sonó: lluvia de verano de Diomedes Díaz, canción preferida del difunto Arturo Monterrey carajo.
El recuento histórico continuó, José explicó cómo la insurgencia favoreció el comercio pero amenazó al pueblo entero: de este lado del río nos compraban los paramilitares, de este otro lado nos compraba la guerrilla, era peligroso y arriesgado, pero lo hacíamos y celebrábamos en reuniones populares con inicio los sábados a los tres de la tarde y término indefinido. Las reses eran tan apetecidas que pronto se encontraron abasteciendo en gran manera a los dos lados del conflicto que azotaba la región.
Cuando nació mi hijo menor, las cosas no estaban bien. Las ventas bajaron por el ingreso quien sabe de dónde de reses a menor precio, la competencia estaba a punto de tumbarnos necesitábamos golpear o nos acababan. Entonces mi hermano Arturo Monterrey, que Dios tenga en su gloria me convenció de que juntos llevaríamos las reses hasta China. Buscamos otros clientes en varios mercados en donde no conocíamos a nadie. No fue fácil, teníamos que llevar a tal cliente tantos quilos a tal hora y a las dos horas cumplir otro compromiso a una distancia en la que normalmente uno se echa tres o cuatro horas; con el Jeep hacíamos todo eso mijo.
La noche del último parto de mi mujer estábamos tomando. Me fueron a buscar en el parquecito a las ocho y media con la noticia que mi mujer le estaba mentando la madre a todo el mundo del dolor. Salimos disparados para la casa y la llevamos hasta la clínica. Marina propuso Gregorio como nombre, yo quería que se le pusiera mi nombre refiere José. Arturo Monterrey nos evitó el desgaste de la discusión propuso Julián Alonso porque así se llamaba el más grande empresario de los llanos, lugar bastante conocido por él. Se llamó así con la esperanza de que fuera un tipo de negocios como su padre y como el tal llanero comerciante. Al inicio alcanzó a ilusionarnos porque mostró habilidades para la recolecta de todos los desperdicios del almuerzo, los amontonaba y los separaba con criterios que nunca logramos entender. Con el tiempo nos deshicimos de la idea, dejó la recolecta por el desorden desmesurado y en vez de ser como el llanero ávido para los asuntos de negocios se volvió parrandero y enamoradizo, al menos eso lo sacó de mí, con la única diferencia que la mujeres que le gustaban nunca lo sabían por su parte por el miedo incontrolable a ser rechazado.
Ese jeep fue una bendición, decía, sacó adelante nuestra sociedad y al pueblo pues gracias a nosotros estas tierras fueron ganado reconocimiento. Lléveselo con la garantía de que si le molesta algo me o tare y yo se lo arreglo y no le cobro un peso. La venta quedó aplazada para el día siguiente al comprador le entró una llamada de mujer desesperada y se fue sin pensarlo, con la excusa de que mañana vengo sin falta para cerrar el negocio. Nunca más volvió. Lo curioso es que la llamada entró justo después de que José pidiera ocho millones de pesos por el antiguo salvador del pueblo. Y eso que se lo ofrecí barato.
Ahora está pidiendo cinco y va a la baja, no ha vuelto a subirse desde que encontró cinco billetes mitad de veinte mitad cincuenta, que de todos modos no servían no eran ni lo uno ni lo otro. Los negocios están bien dejé de vender reses, las ventas cayeron, nos dedicamos de lleno al cultivo de arroz pero estamos sufriendo con estos inviernos sin precedentes en la región. Espera un comprador para el jeep, inolvidable obsequio de su compadre Arturo Monterrey que por cosas de la vida parece que nos estuviera diciendo algo con todo lo que ha pasado, hace tiempo que no aparece nada aunque se dice que en las noches todavía lo ven parqueado en el parque, en la barbería y en la acera de enfrente. Tal vez mi compadre esté aburrido donde esté y me está haciendo la invitación formal, ahora a mis 68 años me duele que cuando nos veamos de nuevo no podamos contar con el jeep para tratar de llevar carne a la China y por supuesto salir a tomar y mujerear por ahí.
La importancia de la educación en la lucha estatal contra el desempleo
Eduardo Lora 2001.
Las políticas de educación y capacitación tienen un doble papel que jugar frente a los problemas laborales. Por un lado, un aumento de las tasas de matrícula puede moderar la participación laboral; por otro, facilitará la inserción de los nuevos trabajadores en actividades de mayor productividad y ayudará a aliviar las brechas laborales, especialmente en el mediano plazo.
Como sucede en otros países de América Latina, en Colombia la educación está estructurada en forma excesivamente centralizada, lo cual pudo haber sido efectivo durante las fases de ampliación acelerada y masificación de la educación, pero difícilmente sirve para enfrentar los retos que exigiría no sólo responder al crecimiento vegetativo de la demanda, sino reincorporar a los desertores escolares y además mejorar la calidad de la educación para que efectivamente se traduzca en mayor productividad en el futuro.
Visto de esta manera la educación responde a unos fines mercantiles e instrumentales. Tiene sentido en la medida que crea individuos aptos para ensamblar en el andamiaje del mercado. Esta clase de educación está desprovista de su esencia, a saber la construcción de libertad por medio del conocimiento. La educación debe ser vista como un fin en sí misma y no sólo como un mecanismo para conseguir trabajo más adelante.
Racionalmente si alguien desea capacitarse para mejorar su calidad de vida, es completamente válido que decida estudiar para aspirar a un trabajo en el que sienta realizado como persona. Lo anterior, sin embargo no puede convertirse en una regla de oro, debemos entender que hay casos en lo que las personas no desean estudiar para dejar de hacer lo que hacen. Han despertado cierto apego hacia la forma en que se ganan la vida, y no se debe presumir, que por el hecho de incluirse en lo que llamamos subempleo, desprecian su labor.
Por el contrario hay casos en donde el ser siente su realización en labores que nosotros tildamos como informales, con todo el peso semántico de la palabra. Informal según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española significa: que no guarda las reglas y circunstancias prevenidas, aplicase también a la persona que en su porte y conducta no observa la conveniente gravedad y puntualidad. Tal vez informal no sea el término adecuado para describir todos los trabajos no sujetos al rigor legal o Formales.
Las políticas de educación y capacitación tienen un doble papel que jugar frente a los problemas laborales. Por un lado, un aumento de las tasas de matrícula puede moderar la participación laboral; por otro, facilitará la inserción de los nuevos trabajadores en actividades de mayor productividad y ayudará a aliviar las brechas laborales, especialmente en el mediano plazo.
Como sucede en otros países de América Latina, en Colombia la educación está estructurada en forma excesivamente centralizada, lo cual pudo haber sido efectivo durante las fases de ampliación acelerada y masificación de la educación, pero difícilmente sirve para enfrentar los retos que exigiría no sólo responder al crecimiento vegetativo de la demanda, sino reincorporar a los desertores escolares y además mejorar la calidad de la educación para que efectivamente se traduzca en mayor productividad en el futuro.
Visto de esta manera la educación responde a unos fines mercantiles e instrumentales. Tiene sentido en la medida que crea individuos aptos para ensamblar en el andamiaje del mercado. Esta clase de educación está desprovista de su esencia, a saber la construcción de libertad por medio del conocimiento. La educación debe ser vista como un fin en sí misma y no sólo como un mecanismo para conseguir trabajo más adelante.
Racionalmente si alguien desea capacitarse para mejorar su calidad de vida, es completamente válido que decida estudiar para aspirar a un trabajo en el que sienta realizado como persona. Lo anterior, sin embargo no puede convertirse en una regla de oro, debemos entender que hay casos en lo que las personas no desean estudiar para dejar de hacer lo que hacen. Han despertado cierto apego hacia la forma en que se ganan la vida, y no se debe presumir, que por el hecho de incluirse en lo que llamamos subempleo, desprecian su labor.
Por el contrario hay casos en donde el ser siente su realización en labores que nosotros tildamos como informales, con todo el peso semántico de la palabra. Informal según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española significa: que no guarda las reglas y circunstancias prevenidas, aplicase también a la persona que en su porte y conducta no observa la conveniente gravedad y puntualidad. Tal vez informal no sea el término adecuado para describir todos los trabajos no sujetos al rigor legal o Formales.
domingo, 22 de agosto de 2010
SOLDADOS GUERREROS: DE CORRER AL LADO DE TRACTOMULAS Y OTRAS LABORES.
Algún tiempo atrás trabajaba como vendedor en una panadería de más nombre que realidad, pero de todos modos muy reconocida por su orgullosa clientela que en los últimos años se había venido a menos. De los treinta vendedores que se paseaban en las tardes llenando sus triciclos quedaban sólo ocho y el aullido fuerte de las dos perras Doberman se convirtió en el susurro frágil de la vejez.
La primera semana fui instruido en las tareas básicas: sacar las latas del dispensario, cómo coger el pan de queso caliente sin partirlo, la forma correcta de organizar los pastelitos, embolar las piñitas, sellar el pan de perro y limpiar con el cuchillo multiuso las quemaduras del tajado. Orlando Martínez más conocido como Orlis, quien me enseñaría la ruta, fue bastante práctico con la advertencia de que yo pillo las piñitas y tú está pendiente del Pan de queso y no lo toques caliente. No me lo dijo porque le preocupara en absoluto la integridad de mi mano, sino porque con solo puntear un pan caliente se desinflaba como un globo.
Orlando Lara es un tipo sencillo y práctico, de contextura delgada, con gestos pacientes y mirada perdida. Entró a trabajar hace varios años, fue despedido tres veces por la misma causa, y traído se vuelta a petición de los clientes. Era recordado por Karina, la secretaria del negocio, por sus reiteradas propuestas de que vamos a tomarnos una cervecitas el viernes, y sus predecibles piropos que lanzaba de rutina a cualquier mujer que pasaba, a mí me gustan todas, decía sonriendo.
Los primeros días Orlando manejaba el triciclo y yo lo escoltaba en una bicicleta sin frenos. Me presentó todos los clientes con la aclaración de que no es que me vaya de nuevo, sino que vamos a dividir la ruta, como antes, en los tiempos del los treinta vendedores y las dos perras de ladrido fuerte. Recorrimos el Bosque, que era donde estaba la panadería, atravesamos Martínez Martelo, Cruzamos la avenida del Lago en contravía, varias calles del barrio Chino y concluíamos en el Pie de la popa, donde estaban la mayoría de clientes.
Apenas entrábamos ocurrían cambios sustanciales, prácticamente hacíamos toda la ruta a pie, le pegábamos con más fuerza los palazos al triciclo para que nadie se quede sin saber que ya estamos aquí y los precios de los pastelitos, los rollos, el pan tajado, los perros y hamburguesas, subían por arte del interés de ganar unos cinco mil pesos adicionales de ganancia. Para entonces, en los terrenos que antecedían el semáforo construían algo grande, Orlando lo describió como el sitio a donde se trasladarían sus citas de amor introductorio los domingos.
Eran como diez calles a pie y parte de trayecto en plena carretera donde había clientes potenciales. La señora Magola era la primera que visitábamos, lo de siempre: un aliñado y dos francés. El tercer día que fuimos le reclamó a Orlando porque supuestamente el francés que me diste ayer estaba viejo. Orlando se defendía atacando, simuló indignación por el hecho y con una explicación didáctica la convenció que jamás le daba panes viejos, no porque le hicieran falta, sino porque él sabía a quién dárselos. Cuando quedamos solos dijo que a los clientes fieles nunca se les da los panes viejos, después se cabrean de uno y no le compran más.
Todos los días sacábamos un pedido de ochenta mil pesos que se traducía en dos latas de piñitas, una y media de pan de queso, diez pastelitos de cada uno: bocadillo, queso y arequipe, diez panochas, panes de perro y hamburguesas, cuatro tajados, los panes de queso y bocadillo y a veces sacábamos cositas de más. La dinámica del negocio es simple, vender el pan a un precio considerable para pagar los ochenta del pedido, el parqueo del triciclo en la noche, abonar algo de lo que se debe, Y por su puesto las ganancias diarias.
Estaba de vacaciones de mitad de año, el trabajo me fue ofrecido sin competencia alguna y con la seguridad de que uno se acostumbra rápido. Yo estaba poco emocionado al inicio pero no me desagradaba la labor, me pareció divertido, Orlis tenía el don de simplificar cualquier problema con explicaciones simples y convincentes, el trabajo tenía altas dosis de libertad y el miedo a ser arrollado por una mula en el corredor de carga o chocar de frente con una buseta en la Avenida del lago se fueron convirtiendo en diversión y hasta en reto, una vez crucé la última con una aromática en la mano, sin detenerme nunca y esquivando toda la basura que normalmente posee.
Mi debut con el triciclo fue memorable, Orlando me alagaba repitiendo que tú aprendes rápido nojoda, recorrí dos calles demasiado confiado, la euforia era tal que cuando cogí la curva de la esquina el triciclo se inclinó por la rapidez y la postura inadecuada del cuerpo, caí y no me hubiese pasado nada si el pantalón no se hubiera atorado en la cadena, caí encima del triciclo y me corté e la rodilla. No fue grave ni si quiera se partió el vidrio de la vitrina.
Me tomé confianza, cada vez maniobraba con más propiedad el vehículo y aprendí cómo saber cuando alguien viene a comprar a la distancia, qué días del mes se vende el pan más rápido, cómo vender las piñitas negando monedas de doscientos y hasta me hice experto en el enamoramiento de trabajadoras de servicio en el pie de la popa y vendedoras de minutos en el barro chino. La tarde se pasaba rápido y de vuelta comíamos en un restaurante barato, Orlando cambiaba la comida por un pan de hamburguesa, yo pagaba, aunque no mucho.
Un viernes en la noche charlábamos en una esquina transcurrida del pie de la popa, justo en ese momento entendí el porqué de tantas llamadas de Orlando durante toda la tarde, y la noche y tal vez todo el día, y por qué tantos gestos y tanta caminata cuando hablaba, por qué le brillaban los ojos y agachaba la mirada cuando lo contestaban: estaba enamorado, no había dudas y procedió a confesármelo con el didactismo propio de sus explicaciones. Salía desde hacía tres meses con Laura, una muchacha de contextura delgada que le llamaban la virgen de los mototaxis, por sus reiterados romances con integrantes del gremio, de este dato por su puesto no me enteré por Orlando sino por otro vendedor.
Se acomodó en el pretil, levantó la cabeza, renovó el aire y me explicó cómo la conquistó, estaba tomando en una parranda y tenía todo listo para conquistar, no a Laura, esto se le ocurrió más tarde sino a una conocida casada con un comerciante paisa. La cogí a bailar y empecé a endulzarle el oído, de que tú me gustas mucho, quién sabe dónde está tu marido, estás muy buena para él. Cualquier artimaña para lograr el cometido. Me puse bien romántico y detallista con ella y sus amigas. Le compré gaseosa, chitos, la acompañé al baño. De todo, pero no aflojaba ni cinco. Entonces Laura que me la habían presentado esa noche, en vista de mis demostraciones de gran caballero, pide que la acompañe a llamar a una hermana. No pude negarme.
Orlando pensaba en estrategias para tener éxito en su meta, se le da por preguntar a Laura cómo hacer para conquistar una mujer difícil, ella le confiesa que por su forma de ser a él no le debe resultar difícil conseguir ninguna. Cambié los planes enseguida, me cambié de puesto y se me olvidó por quién vine a la fiesta, me di cuenta que mis actos de buen hombre no fueron un fracaso como estaba por creer, sino que quien los estaba entendiendo era Laura y no su amiga. Le dije que la había visto antes y siempre me había gustado y que incluso le había preguntado a varias personas por ella. Cayó enseguida.
También era comprometida y tenía una niña, que me quiere más a mí que al padrasto decía con orgullo. Vendía los panes penando en ella, la pensaba para trabajar y trabajaba para verla a cualquier descuido del marido. Yo estoy seguro que me quiere más que a él. También era mototaxi, igual que el papá de la niña, tal vez por eso Orlis tenía cierta prevención con las motos en la vía, refería incidentes exagerando las irresponsabilidades de todo el gremio.
El trabajo terminó por gustarme, me gustaba porque me sentía libre en la vía, pero sobre todo porque podía hablar con cualquiera sobre lo que sea y era como un recolector de historias en toda la ruta, conocía por ejemplo que la vendedora de fritos de la esquina se había autoproclamado con las mejores arepas de huevo del sector, o que Jesús Amador, el vigilante de un edificio con tres clientes potenciales, había sido boxeador, yo gané cuatro peleas consecutivas, perdí una y por esa me retiré. El mismo Jesús recordaba los tiempos de los treinta vendedores y las dos perras de fuerte aullido, por aquí había tres vendedores y quedó solo el mujeriego de Orlis y ahora tú.
La construcción que Orlando preveía en el lugar propicio para enamorar, terminó siendo un enemigo letal para nosotros. Nojodas, en Carrefour venden un pan del porte del brazo a setecientos pesos se quejaba Orlis a cada rato. Las ventas bajaron y se perdieron clientes. Tocó inventar versiones de la mala calidad del pan de la competencia y exagerar las bondades del nuestro, que la piñita de ellos duraba hasta una semana en la vitrina, que queso de nuestro pan es el más fresco que puede utilizar una panadería, que el francés de ellos olía a detergente, que el integral nuestro tenía propiedades antioxidantes, en fin todo un compendio de recitales que se hacían mecánicos con los días.
A Orlando lo dejó Laura por un mototaxi, él fue práctico de nuevo diciendo que no me importa ya hasta estaba aburrido, a los dos días me confesó haber encontrado la mujer con el nombre más bonito que había escuchado. No es tan bonita explicó, pero tiene algo que me enamora, siempre lo hacía, era experto resaltando cualquier característica de las mujeres para justificar sus incontrolables ímpetus de enamoradizo. No dejamos de vender ni siquiera compitiendo con todas las ofertas de Carrefour y las progresivas quejas de los clientes por el tamaño del pan de queso. Algún día dejan de vender tanto decía Orlando, así empezó la panadería también y llegó a tener treinta trabajadores y dos perras de gran ladrido, y mira quedamos nosotros, menos mal que somos guerreros.
La primera semana fui instruido en las tareas básicas: sacar las latas del dispensario, cómo coger el pan de queso caliente sin partirlo, la forma correcta de organizar los pastelitos, embolar las piñitas, sellar el pan de perro y limpiar con el cuchillo multiuso las quemaduras del tajado. Orlando Martínez más conocido como Orlis, quien me enseñaría la ruta, fue bastante práctico con la advertencia de que yo pillo las piñitas y tú está pendiente del Pan de queso y no lo toques caliente. No me lo dijo porque le preocupara en absoluto la integridad de mi mano, sino porque con solo puntear un pan caliente se desinflaba como un globo.
Orlando Lara es un tipo sencillo y práctico, de contextura delgada, con gestos pacientes y mirada perdida. Entró a trabajar hace varios años, fue despedido tres veces por la misma causa, y traído se vuelta a petición de los clientes. Era recordado por Karina, la secretaria del negocio, por sus reiteradas propuestas de que vamos a tomarnos una cervecitas el viernes, y sus predecibles piropos que lanzaba de rutina a cualquier mujer que pasaba, a mí me gustan todas, decía sonriendo.
Los primeros días Orlando manejaba el triciclo y yo lo escoltaba en una bicicleta sin frenos. Me presentó todos los clientes con la aclaración de que no es que me vaya de nuevo, sino que vamos a dividir la ruta, como antes, en los tiempos del los treinta vendedores y las dos perras de ladrido fuerte. Recorrimos el Bosque, que era donde estaba la panadería, atravesamos Martínez Martelo, Cruzamos la avenida del Lago en contravía, varias calles del barrio Chino y concluíamos en el Pie de la popa, donde estaban la mayoría de clientes.
Apenas entrábamos ocurrían cambios sustanciales, prácticamente hacíamos toda la ruta a pie, le pegábamos con más fuerza los palazos al triciclo para que nadie se quede sin saber que ya estamos aquí y los precios de los pastelitos, los rollos, el pan tajado, los perros y hamburguesas, subían por arte del interés de ganar unos cinco mil pesos adicionales de ganancia. Para entonces, en los terrenos que antecedían el semáforo construían algo grande, Orlando lo describió como el sitio a donde se trasladarían sus citas de amor introductorio los domingos.
Eran como diez calles a pie y parte de trayecto en plena carretera donde había clientes potenciales. La señora Magola era la primera que visitábamos, lo de siempre: un aliñado y dos francés. El tercer día que fuimos le reclamó a Orlando porque supuestamente el francés que me diste ayer estaba viejo. Orlando se defendía atacando, simuló indignación por el hecho y con una explicación didáctica la convenció que jamás le daba panes viejos, no porque le hicieran falta, sino porque él sabía a quién dárselos. Cuando quedamos solos dijo que a los clientes fieles nunca se les da los panes viejos, después se cabrean de uno y no le compran más.
Todos los días sacábamos un pedido de ochenta mil pesos que se traducía en dos latas de piñitas, una y media de pan de queso, diez pastelitos de cada uno: bocadillo, queso y arequipe, diez panochas, panes de perro y hamburguesas, cuatro tajados, los panes de queso y bocadillo y a veces sacábamos cositas de más. La dinámica del negocio es simple, vender el pan a un precio considerable para pagar los ochenta del pedido, el parqueo del triciclo en la noche, abonar algo de lo que se debe, Y por su puesto las ganancias diarias.
Estaba de vacaciones de mitad de año, el trabajo me fue ofrecido sin competencia alguna y con la seguridad de que uno se acostumbra rápido. Yo estaba poco emocionado al inicio pero no me desagradaba la labor, me pareció divertido, Orlis tenía el don de simplificar cualquier problema con explicaciones simples y convincentes, el trabajo tenía altas dosis de libertad y el miedo a ser arrollado por una mula en el corredor de carga o chocar de frente con una buseta en la Avenida del lago se fueron convirtiendo en diversión y hasta en reto, una vez crucé la última con una aromática en la mano, sin detenerme nunca y esquivando toda la basura que normalmente posee.
Mi debut con el triciclo fue memorable, Orlando me alagaba repitiendo que tú aprendes rápido nojoda, recorrí dos calles demasiado confiado, la euforia era tal que cuando cogí la curva de la esquina el triciclo se inclinó por la rapidez y la postura inadecuada del cuerpo, caí y no me hubiese pasado nada si el pantalón no se hubiera atorado en la cadena, caí encima del triciclo y me corté e la rodilla. No fue grave ni si quiera se partió el vidrio de la vitrina.
Me tomé confianza, cada vez maniobraba con más propiedad el vehículo y aprendí cómo saber cuando alguien viene a comprar a la distancia, qué días del mes se vende el pan más rápido, cómo vender las piñitas negando monedas de doscientos y hasta me hice experto en el enamoramiento de trabajadoras de servicio en el pie de la popa y vendedoras de minutos en el barro chino. La tarde se pasaba rápido y de vuelta comíamos en un restaurante barato, Orlando cambiaba la comida por un pan de hamburguesa, yo pagaba, aunque no mucho.
Un viernes en la noche charlábamos en una esquina transcurrida del pie de la popa, justo en ese momento entendí el porqué de tantas llamadas de Orlando durante toda la tarde, y la noche y tal vez todo el día, y por qué tantos gestos y tanta caminata cuando hablaba, por qué le brillaban los ojos y agachaba la mirada cuando lo contestaban: estaba enamorado, no había dudas y procedió a confesármelo con el didactismo propio de sus explicaciones. Salía desde hacía tres meses con Laura, una muchacha de contextura delgada que le llamaban la virgen de los mototaxis, por sus reiterados romances con integrantes del gremio, de este dato por su puesto no me enteré por Orlando sino por otro vendedor.
Se acomodó en el pretil, levantó la cabeza, renovó el aire y me explicó cómo la conquistó, estaba tomando en una parranda y tenía todo listo para conquistar, no a Laura, esto se le ocurrió más tarde sino a una conocida casada con un comerciante paisa. La cogí a bailar y empecé a endulzarle el oído, de que tú me gustas mucho, quién sabe dónde está tu marido, estás muy buena para él. Cualquier artimaña para lograr el cometido. Me puse bien romántico y detallista con ella y sus amigas. Le compré gaseosa, chitos, la acompañé al baño. De todo, pero no aflojaba ni cinco. Entonces Laura que me la habían presentado esa noche, en vista de mis demostraciones de gran caballero, pide que la acompañe a llamar a una hermana. No pude negarme.
Orlando pensaba en estrategias para tener éxito en su meta, se le da por preguntar a Laura cómo hacer para conquistar una mujer difícil, ella le confiesa que por su forma de ser a él no le debe resultar difícil conseguir ninguna. Cambié los planes enseguida, me cambié de puesto y se me olvidó por quién vine a la fiesta, me di cuenta que mis actos de buen hombre no fueron un fracaso como estaba por creer, sino que quien los estaba entendiendo era Laura y no su amiga. Le dije que la había visto antes y siempre me había gustado y que incluso le había preguntado a varias personas por ella. Cayó enseguida.
También era comprometida y tenía una niña, que me quiere más a mí que al padrasto decía con orgullo. Vendía los panes penando en ella, la pensaba para trabajar y trabajaba para verla a cualquier descuido del marido. Yo estoy seguro que me quiere más que a él. También era mototaxi, igual que el papá de la niña, tal vez por eso Orlis tenía cierta prevención con las motos en la vía, refería incidentes exagerando las irresponsabilidades de todo el gremio.
El trabajo terminó por gustarme, me gustaba porque me sentía libre en la vía, pero sobre todo porque podía hablar con cualquiera sobre lo que sea y era como un recolector de historias en toda la ruta, conocía por ejemplo que la vendedora de fritos de la esquina se había autoproclamado con las mejores arepas de huevo del sector, o que Jesús Amador, el vigilante de un edificio con tres clientes potenciales, había sido boxeador, yo gané cuatro peleas consecutivas, perdí una y por esa me retiré. El mismo Jesús recordaba los tiempos de los treinta vendedores y las dos perras de fuerte aullido, por aquí había tres vendedores y quedó solo el mujeriego de Orlis y ahora tú.
La construcción que Orlando preveía en el lugar propicio para enamorar, terminó siendo un enemigo letal para nosotros. Nojodas, en Carrefour venden un pan del porte del brazo a setecientos pesos se quejaba Orlis a cada rato. Las ventas bajaron y se perdieron clientes. Tocó inventar versiones de la mala calidad del pan de la competencia y exagerar las bondades del nuestro, que la piñita de ellos duraba hasta una semana en la vitrina, que queso de nuestro pan es el más fresco que puede utilizar una panadería, que el francés de ellos olía a detergente, que el integral nuestro tenía propiedades antioxidantes, en fin todo un compendio de recitales que se hacían mecánicos con los días.
A Orlando lo dejó Laura por un mototaxi, él fue práctico de nuevo diciendo que no me importa ya hasta estaba aburrido, a los dos días me confesó haber encontrado la mujer con el nombre más bonito que había escuchado. No es tan bonita explicó, pero tiene algo que me enamora, siempre lo hacía, era experto resaltando cualquier característica de las mujeres para justificar sus incontrolables ímpetus de enamoradizo. No dejamos de vender ni siquiera compitiendo con todas las ofertas de Carrefour y las progresivas quejas de los clientes por el tamaño del pan de queso. Algún día dejan de vender tanto decía Orlando, así empezó la panadería también y llegó a tener treinta trabajadores y dos perras de gran ladrido, y mira quedamos nosotros, menos mal que somos guerreros.
MICRORRESISTENCIAS LABORALES
¿Por qué microrresistencias? Y ¿por qué escribir de esto?
Aquel día pasaba en una buseta de nuevo bosque, iba de visita romántica a terrenos lejanos, como acostumbraba desde los tiempos de los amores contrariados. Vi cómo un vendedor de naranja se cruzaba la vía con bastante soltura y se quedaba en medio sintiendo con tranquilidad que las busetas y los carros le pasaban muy cerca, para atender un cliente del otro lado. Pensé que definitivamente aquel tipo no temía ser arrollado por nadie, se tenía demasiada confianza. Desde allí siempre me detuve a observar los detalles inherentes a cada trabajo informal.
Me detuve entonces a palpar cómo los tinteros pueden caminar sin parar por horas y sin quejas, cómo los vendedores de toda clase de objetos en la avenida Venezuela pueden promocionar la mercancía con tanta propiedad y cómo los sparrings se tiran de las busetas en movimiento para captar los pasajeros como cardúmenes. Me parece que estos son ejemplos de la forma en que el espíritu se moldea para adaptarse al trabajo.
Entiendo todo esto en el sentido de microrresistencias basado en dos premisas. Primero que las sociedades de libre mercado favorecen la instalación progresiva de las grandes industrias, nacionales e internacionales y que tales empresas tienden a monopolizar los diferentes sectores. Y lo segundo es que la existencia de pequeños comerciantes, vendedores de pequeño capital y en general el informalismo hace parte de nuestra cotidianeidad y disimulan el problema del desempleo. Considerando lo anterior acepto que los trabajos informales van en contravía de las lógicas de grandes industrias y las hiperconcentraciones de capital.
¿Cómo el vendedor de naranjas, que atraviesa sin tapujos a centímetros de la muerte la carretera para vender, ha permanecido a pesar de grandes centros de compras? No me siento en capacidad de responder de manera clara esta pregunta, convergen muchas variables y el ser humano es una máquina demasiado compleja para ser tabulada. Me regocija la idea de poder entrar un poco en la realidad de los trabajadores informales, y tener la posibilidad de escribir sobre ellos.
Utilizaré el método descriptivo para abordar las características propias del trabajo, y el método hermenéutico para con los trabajadores, por sus características de interpretación y comprensión.
Razono imperioso escribir sobre ello, porque la mayoría de información que se nos brinda en los medios de comunicación es cifrada, y por tanto deshumaniza al sujeto, lo reduce a simples estadísticas. Pero también porque yo he sido trabajador informal, he sentido lo que es empezar a vender todos los días, con los recursos estrictamente útiles para ello y sin más garantía que la capacidad multiuso personal. Por este medio publicaré para que usted sepa, lo que los ojos muchas veces no ven. No porque tales realidades sean invisibles, sino que lo congelante de la monotonía envilece muchas veces nuestra capacidad perceptiva.
Aquel día pasaba en una buseta de nuevo bosque, iba de visita romántica a terrenos lejanos, como acostumbraba desde los tiempos de los amores contrariados. Vi cómo un vendedor de naranja se cruzaba la vía con bastante soltura y se quedaba en medio sintiendo con tranquilidad que las busetas y los carros le pasaban muy cerca, para atender un cliente del otro lado. Pensé que definitivamente aquel tipo no temía ser arrollado por nadie, se tenía demasiada confianza. Desde allí siempre me detuve a observar los detalles inherentes a cada trabajo informal.
Me detuve entonces a palpar cómo los tinteros pueden caminar sin parar por horas y sin quejas, cómo los vendedores de toda clase de objetos en la avenida Venezuela pueden promocionar la mercancía con tanta propiedad y cómo los sparrings se tiran de las busetas en movimiento para captar los pasajeros como cardúmenes. Me parece que estos son ejemplos de la forma en que el espíritu se moldea para adaptarse al trabajo.
Entiendo todo esto en el sentido de microrresistencias basado en dos premisas. Primero que las sociedades de libre mercado favorecen la instalación progresiva de las grandes industrias, nacionales e internacionales y que tales empresas tienden a monopolizar los diferentes sectores. Y lo segundo es que la existencia de pequeños comerciantes, vendedores de pequeño capital y en general el informalismo hace parte de nuestra cotidianeidad y disimulan el problema del desempleo. Considerando lo anterior acepto que los trabajos informales van en contravía de las lógicas de grandes industrias y las hiperconcentraciones de capital.
¿Cómo el vendedor de naranjas, que atraviesa sin tapujos a centímetros de la muerte la carretera para vender, ha permanecido a pesar de grandes centros de compras? No me siento en capacidad de responder de manera clara esta pregunta, convergen muchas variables y el ser humano es una máquina demasiado compleja para ser tabulada. Me regocija la idea de poder entrar un poco en la realidad de los trabajadores informales, y tener la posibilidad de escribir sobre ellos.
Utilizaré el método descriptivo para abordar las características propias del trabajo, y el método hermenéutico para con los trabajadores, por sus características de interpretación y comprensión.
Razono imperioso escribir sobre ello, porque la mayoría de información que se nos brinda en los medios de comunicación es cifrada, y por tanto deshumaniza al sujeto, lo reduce a simples estadísticas. Pero también porque yo he sido trabajador informal, he sentido lo que es empezar a vender todos los días, con los recursos estrictamente útiles para ello y sin más garantía que la capacidad multiuso personal. Por este medio publicaré para que usted sepa, lo que los ojos muchas veces no ven. No porque tales realidades sean invisibles, sino que lo congelante de la monotonía envilece muchas veces nuestra capacidad perceptiva.
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